martes 25 de noviembre de 2008

Cada cuanto comento con «C»


Amigas blogueros: Les comparto esta fumada. Espero que la letra C los colme de coitos.

Cambiar, claro que conviene cambiar

Como quiero comentar con C, considero que convendría combinar citas coloquiales con ciertas curiosidades. Creo que cuidadosamente colaboraré con cultivar criterios conformistas.
Como cuesta conseguir calificativos, cada cuanto colocaré «que», «qui» ... conforme corrija cada capítulo.
Comencemos:

Contradictoriamente, congresistas cínicos conviven con cultos compatriotas; cabezones consumados coinciden con crápulas que quieren confundirnos. Con cada casco contaminan cuanta carretera conocen. ¡Caracolean como cabras!... Como ciertos clérigos cabrones cuyas conductas confunden.
Claro que cada cual crece con costumbres colaterales, como cuando comemos, como cuando caminamos, como cuando cagamos; cada cual crece con conflictos colosales. Que cada quien cante como quiera, claro; quien crea que conviene colaborar con cuanto caballo compra conciencias, que colabore. Complicará ciertas cosas. Consecuentemente, querrá quejarse cuando comprenda que caprichosamente cooperó con cerotes criminales, con crápulas que compran cerebros como quien compra coliflores.
Cambiar, claro que cuesta cambiar. Ciertos comerciantes quieren cobrar con creces cada cosa que compran. Cínicamente, quieren convencernos, canturreando: «Conciudadanos, contribuyamos comprando caro». «Contertulios, cómprenme, que compré costoso». Claro que cuesta cambiar.

Creo que convendría que comiencen ciertos coros clericales: Curas católicos que cometen crímenes contra quinceañeros culminarán corroídos. Capellanes que, cuando conspiran con Cupido, cogen con carismáticas católicas. Catequistas codiciosos que quisieran quedarse con cada centavo, cuales carteristas con corbata como Cash, como Caballeros, quienes cuentan cada costilla como carniceros con cuchillos ¡Cabrones, Cretinos, Codiciosos, Cobradores Culeros! Quiera Cristo que ciertas costumbres cambien completamente.

Cambiar, claro que conviene que cambiemos, constructivamente, como cuando Quirio Cataño consideró que Cristo querría cambiar color, contribuyó cualitativamente cuestionando criterios conformistas. Cataño contradijo con capacidad. Creo que convendría copiarle.

Queridos camaradas:
Convivamos con categoría; cambiemos cuidadosamente. Condescendamos. Cohabitemos construyendo; compartamos cariñosamente. Consideremos que cada ciudadano querría quitarse quinientas complicaciones que carga como castigo. Quien quita que cada ciudad construya cerros cálidos, cielos claros cuales cántaros cuyo contenido cause contento. Cronológicamente, cada cual crece cuando consigue controlar cuanta carestía contiene.
Creo que conviene concluir.
(Otro día les comentaré con la «v» de Volicía Nacional).

martes 11 de noviembre de 2008

Una margarita de aquí para abajo

no les escribo este poema para que les guste, sino para compartirlo con ustedes, pues hoy martes 11 del 11 es necesario lanzar un grito al universo. Pronto retomaremos nuestra programación narrativa. salud, dinero y amor.


Señores, sean bienvenidos al ciclo de la nueva era
es hora de acostarse con quien les plazca
y de irse a los golpes con una monja

Es hora de continuar con el conformismo
y de contar con las cacofonías
Es hora de cantar una balada cósmica
de escuchar a las estrellas
a las ilusiones
en bolas naturalísticas
llegó la hora de que renazcan los primeros destructores

Es necesario redescubrir
el agua azucarada
a Jimmy Hendrix
a las moléculas

Me estoy desnudando, lo sé, en un mundo que ya está desnudo
llegue muy tarde
pero llegué subiendo en espiral
vine de punta, pero en espiral
para apoderarme de los espacios
porque yo, señores, transformaré en tiempo todos los espacios
y me importa un bledo descubrir algo nuevo.

viernes 7 de noviembre de 2008

poema 4

un caballo teje su largo amorío en medio de la selva
un campo de hiedras brinca tras la Luna
corriéndola y manteniendo sus brillos trepidantes
¿cuánto dice, oh impotencia
el homnbre imposibilitado de trasladar sus emociones?

martes 4 de noviembre de 2008

VOTEMOS POR LOS SHUCOS.................. para plato típico nacional


El presidente ruso Vladimir Putin, igual pudo haber utilizado, en vez de opio concentrado, shucos para inmovilizar a los terroristas chechenes que tomaron por asalto el teatro Dubrovka de Moscú en el 2002.

Y no es porque los shucos sean venenosos como el opio utilizado por las fuerzas rusas (droga que haría reír en grandes dosis a los opiómanos chapines) sino porque el ser humano crea defensas contra los alimentos que consume en su propia tierra. No es lo mismo, por ejemplo, un chile mexicano en una boca suiza; un cerdo cocinado estilo taiwanés cargado de jengibre en la boca de un vecino de Santa María Ixhuatán, o una tortilla en la jeta de un italiano adicto a las pastas (de harina).




Hay comestibles que son un cochebomba dentro del estómago, con todo y sus ondas expansivas. Pero al haber creado cada quien sus defensas, por los intestinos corren legiones microscópicas de animales armados con tanques militares para contrarrestar los ataques de cualquier lechuga.

Por shuco entendemos un pan con salchicha y repollo cocido, mayonesa y aguacate al gusto, bastantes amebas bien gordas y un poco de sudor de la frente. Esos panes tienen que ser vendidos en las calles guatemaltecas, porque un shuco vendido dentro de un restaurante deja de ser un respetable shuco. Peor todavía, no podemos hablar de shucos en NY o en D. F.

Propongo, hermanos míos, que el shuco sea declarado Plato Típico Nacional, como el jocón, el kakik. El gobierno coreano tiene un eslogan bastante pretencioso que dice: «Si no conoce Corea, no conoce Asia». Igual podemos decir nosotros: «Si no ha saboreado los shucos, no conoce Guatemala».

Empleados bancarios, ejecutivos, tramitadores, secretarias y estudiantes, todos lo comemos. Y con la pose perfecta: ligeramente ladeado hacia el costado izquierdo y hacia el frente; con la mano derecha se inclina el pan y con la izquierda se sostiene; se abre la boca hacia niveles de hocico de tiburón; al mismo tiempo, se meten veinte dientes de un solo, inclinándose todavía más un poco hacia adelante.
(Nota: conviene que el comensal (sin mesa) prense hacia su pecho, con un codo, la corbata para no mancharla; si es estudiante, prense con los muslos sus cuadernos mientras ejecuta la operación).

La prehistoria del shuco se encuentra en los mercados nacionales. Si bien es cierto que están ahumados por el fuego y por el humo de las camionetas, que la mayonesa es de la repugnante marca Suli y que la salsa de tomate está cuarteada con agua del chorro, no hemos de negar que tienen buen sabor. Tienen su certificado sanitario, aunque el vendedor de shucos afila el cuchillo en el poste. Hay quien dice que con la misma mano con que tocan el dinero, tocan el pan. Puede que sea cierto, pero añadamos que a veces es con la misma mano con la que se tocan la paloma. ¿Sabían ustedes de aquel vendedor de shucos que era tan aseado —pero, tan aseado—, que cuando meaba en la calle no se tocaba con los dedos, sino que se la sacudía con la tenaza del pan?




A pesar de esos y otros pequeños detalles, no se sabe de ningún guatemalteco que no los haya comido. Votemos por los shucos, símbolo de unidad nacional, ahora que ya es oficial que no tenemos buen fut y que Pollo Campero es cada vez más miserable.
Buen provecho.