martes 27 de enero de 2009

Remedios que les recomiendo

En mi pueblo, así se curaban antes los males:
Para los resfríos: cebo en la nariz, los pies metidos dentro de un balde con agua caliente, la cabeza tapada y caldo de pollo. Uno no debía bañarse durante varios días, tal como hoy lo hacen los europeos sin tener resfríos.

Una vez, me dolía el oído y mi abuela llegó con una mujer con leche en los pechos que me echó una gota de leche adentro del oído. Ahhh… El dolor desapareció.
Si alguno se quemaba, el ajo y la cebolla servían como cataplasma. La cebolla era machacada o se cortaba en cuatro; con un poco de azúcar, era dejada en el patio toda la noche, de manera que el sereno la robusteciera.
Ya sé que parece un cuento, pero no es tal. Es cierto. Recuerdo que las mujeres de antes, después de que daban a luz, pasaban 40 días sin salir del cuarto, en cama y sin bañarse. La única limpieza era la que les daba una persona de confianza, quien le pasaba aceite vegetal por todo el cuerpo. Por razones obvias, eso no lo hacía el marido, porque podría terminarle untando diferente crema y no con la mano, precisamente.

Algo que no me consta, pero que suena interesante, es que, según dicen, los mayas o los aztecas, cuando había fiebre, abrían un zopilote por el centro y sangrando se lo pasaban por los pies al enfermo. Las mujeres mayas no se bañaban durante la regla. Los hombres no se bajaban nunca el prepucio y conservaban dentro una materia color moho.

Lo que sí me consta es que curar la mollera con hoyo (Glosario: Mollera con hoyo: frente con señales de desnutrición en los recién nacidos) se ponía a calentar alucema; la madre jalaba el humo con la boca y soplaba la mollera.
Para tener buena vista, nada mejor que tragar un par de ojos crudos de toro, todas las mañanas, o sangre de toro cada medio día.

Cuando alguien se cortaba la piel, encima le ponían telas de araña, telas de cebolla o se le dejaba caer un chorro de gas, pues cualquiera de esas cosas era coagulante.
Era asqueroso tener un empacho (haber comido demasiado), porque la cura era un masaje sobre el estómago, con la palma de la mano abierta y bien llena de manteca de cerdo, desde el pecho hacia abajo del ombligo.

Para curar la «desipela» (hinchazón de una pierna): cójase un sapo vivo; agárresele cuidadosamente de la cabeza y de las patillas y pásele la panza, que es caliente, sobre la pierna. Unas 10 pasadas bastan.
Para el dolor de cabeza: póngase dos pedacitos de frijol crudo «sobre los sentidos» (las sienes).
Para la anemia: corte «cojollitos» de jocote y sírvalos como en ensalada. También funciona comer la carne de res cruda sangrando.
Si «se le cayó el cuajo» al niño de un año: (no sé con exactitud qué es el cuajo, pero es algo que está dentro del cuerpo y que «se tiene que sentar») agárrelo de los pies y póngalo de cabeza como si fuera un recién nacido, péguele tres palmadas en las plantas hasta que chille, así el cuajo volverá a su lugar y además desaparecerá el hoyo en la mollera.
Si un niño tiene el estómago grande, las piernas delgadas como un palillo y los pies hinchados como vieja que vende tamales, déle de comer pollitos cocidos, lo más tierno que se pueda, durante 7 ó 14 días.
Si tiene mal de ojo: déle de tomar las aguas de 7 montes y pásele un huevo crudo (de gallina, no de él) sobre el cuerpo.
Una vez, cuando tuve paperas, mi mamá me colocó un trapo que me amarraba la quijada con la cabeza y adentro puso carne cruda y tomate. ¡Puta, madre, qué linda era mi madre!, pero aquello apestaba todo el día y duró una semana. Como éramos tan pobres, cada noche nos comíamos la carnita bien asada.

Saludos, amigos blogueros y humanos del planeta tierra. Los beso y los bendigo con la mazorca del maíz en la mano contra las hemorroides. Todo lo dicho aquí es cierto. Firmo ante juez… El Moscardón.

martes 20 de enero de 2009

Un poco de optimismo


Se nos anuncia que seremos abrochados todos, en todo el planeta. Por delante y por detrás, la crisis económica viene para tragarnos de la cola hasta el hocico.
Pensando un poco en tanta miseria, se me ocurrió hablar hoy con mucho optimismo: El presente es un día como otro cualquiera, la mañana está de nuevo oscura cual paloma negra muerta en el atrio plomizo de una catedral. La crisis que se avecina será fea como un río sin agua, como viento sin aire, como ave sin pico. Según dicen, volveremos a robar tomates y a comernos las uñas propias y las del vecino. Haremos conquistas afectivas y sentimentales solo para comerle las uñas al ser amado, y después lo abandonaremos. Algo positivo queda este año, sin embargo: por fin, los negros llegamos al poder. (risa macabra). O, como dijo aquella viejita: “Soy pobre, pero tengo blog”.
Recién reporté al gobierno lo relacionado con mis impuestos y…
Me vinieron a la mente las palabras que dijo el poeta cuando estaba totalmente desnudo ante su amada: "Por el tamaño de mi ofrenda, no medirás la grandeza de mi devoción". Así que te las dedico, Gobierno cabrón: "Por el tamaño de mi ofrenda, no medirás la grandeza de mi devoción".
Sospecho que si este año facturé por mi yate, las joyas y el pequeño avión, además de bares y hoteles, el año entrante lo haré por un par de chorizos y algún desodorante comprado en La Despensa Familiar. Mientras tanto, clamo al cielo con los ojos ensangrentados, airado, pero lleno de esperanza: “Oh, y ahora, ¿quién podrá defendernos?”

martes 13 de enero de 2009

La era de la paranoia


Es triste vivir pensando, sin darnos cuenta, de que todo mundo quiere hacernos daño. En cualquier café (y hablo de mi país, como sucede en varios países latinoamericanos y en algunos lares gringos), uno suele observar con disimulo quién entra y quién sale, y antes de sentarse mira bien si no quedará justo al lado de algún terrorista, un ladrón o un secuestrador.

¿Qué es precaución, qué es miedo justificado y qué es pura paranoia? he ahí, el hoyo en la olla.
Si a uno lo detiene una anciana para preguntarle por una dirección, o si en el aeropuerto la vieja pide ayuda, antes de responder se le mide cada arruga. Puede tratarse de una narcoabuelita.

Candado para el carro, cadena para la moto, doble chapa en la casa… ¿qué clase de mierda se ha vuelto todo esto? Mucha gente ha muerto en defensa de su teléfono. Es hora de poner balcones a los vehículos. Estamos, camaradas, en la era de la paranoia. No sería sorprendente que uno comenzara estos blogs escribiendo: «Auxilio, escribo esta nota debajo del escritorio y tengo bien atrancada la puerta».

Hay un refrán caduco que atentamente invito a que desaparezca del mapa: «El que nada debe, nada teme».

Como escribió el poeta: «Señoras y señores, sean bienvenidos al ciclo de la nueva era/ es hora de acostarse con quien les plazca y de irse a los puñetazos con una monja...» Tan aberrante poesía solamente podría proceder de un aberrante poeta descontrolado (el poema es mío, por supuesto). Es evidente: uno hasta amanece con el deseo de hacerse el chistoso para que no lo insulten los colegas. Es parte de la paranoia.
Algunas personas que yo conozco tienen músculos en la nuca porque van siempre viendo de izquierda a derecha, delante, detrás, y ensartando los ojos al lado opuesto de donde apunta la cara, pues en las calles ya no se sabe quién es honrado y quién miserable.

Cualquier secretaria que sale bien bañada por las mañanas hacia la oficina, antes de salir guarda dentro de la cartera aretes, pulsera, reloj, anillos. Todo se lo pondrá hasta cuando entre a la oficina.
La señora que tiene guardaespaldas, en algún segundo desconfía de ellos, del jardinero, del amigo de su hijo, de su hijo y de los vecinos. Las empresas monitorean el correo de los trabajadores, también las computadoras y las visitas que reciben. Los teléfonos están pinchados en el universo. Los dueños de casas grandes y los empresarios contratan empresas de seguridad disfrazadas de conserjes y de oficinistas.

Compatriotas: el que esté libre de paranoia que baile este bolero. O que venga Pepe con su machete. Y ahora termino con un ameno episodio en la vida de la Abuelita sorda y su Nieta Calabaza, quienes aparecerán de cuando en cuando, por aquí y por allá. Saludos, amigos y amigas.

Nieta: —Abuelita, voy a rezar un Padre Nuestro...
Abuelita: —¿Que qué? (poniéndose la mano en la oreja) ¿Cuál secuestro?
Nieta: —No, abuelita, que ya me voy a acostar (haciendo gestos y señas para darse a entender, y repitiendo:)… A acostar
Abuelita: —No m'ija, nadie te va a acosar. Pero estás muy pequeñita para pensar en esas cosas, mejor ponete a rezar, patoja lujuriosa... (Escobazos. Fin del pequeño guión).

martes 6 de enero de 2009

Indios que no son indios

Hace muchos años, a la gente le daba vergüenza ser o parecer indio. Se tenía admiración por los ojos celestes, el pelo rubio y la piel blanca. De esa cuenta, muchos de aspecto indio eran racistas contra los indios.
Se tenía la creencia de que los altos y blancos eran inteligentes y que los chaparros y morenos, estúpidos. Se creía que la raza blanca era la dueña del mundo y que los africanos y los indios eran sucios y feos.
Las cosas han cambiado bastante. Muchos se han pasado, incluso, al otro extremo. Hoy día, parecer indio es una moda. Y se ven por ahí rubios extranjeros asquerosos que no pueden articular una idea coherente ni siquiera en su propio idioma.

En Latinoamérica, muchos mestizos coquetean con suizas, alemanas, españolas y suecas. Vivo en un pueblo llamado Guatemala. A una distancia de 10 canciones de los Rolling Stones hay una ciudad llamada Antigua Guatemala. Muchas gringas encuentran allí a su macho latino. Les encanta caminar con su mono, pero no se dan cuenta de que son ellas orangutanes de culo rojo que sirven de adorno a los que fingen ser indios.

Y tales indios se las babosean con una verbosidad increíble. Así como hay ollas de barro que fueron trabajadas para que parezcan viejas piezas mayas, y así como hay vasijas “arqueológicas” de un mes de antigüedad... así también hay mayas que son mestizos.
Cuando hablan con las extranjeras en las cantinas, pareciera que les dicen: “Con mi pom y mi mirra te voy a rociar, con mis pinceles mayas te voy a pintar. Saludo al horizonte y a las cuatro letras cardinales, saludo al maíz, a la milpa, a nuestro tata el frijol, saludo a los vientos y a los contratiempos”.
Tienen pose de interesantes tercermundistas, de izquierdistas. Impresionan a mochileras que no saben nada de historia ni de arte ni de sí mismas.
“Mi nahual maya te acorrala como la gallinita que hace clo cloc cloc. Yo soy un artista bohemio. Mi corazón está contento. Yo te voy a llevar a Panajachel, con los dioses, cerca del lago. Mis abuelos vivieron allí, mis tatas vivieron allí, mis ancestros llegaron cuando el sol era sombra y tomaban atol de elote”.
Hoy día, los mayas son, afortunadamente, más respetados en todo el mundo. Lejos quedaron los días cuando una señora ladina que iba en un bus era capaz de ordenarle a una india que iba cómodamente sentada: “Quitate de allí, María, me voy a sentar”.
Muchos ladinos, desde marimbistas hasta rockanroleros, han querido dárselas de indígenas para ver si así se los llevaban de viaje.
“Aquí entre mi morral llevo unos mis poemas, y mis pinceles, y mis frijolitos para el campo y también mi cámara fotográfica; y llevo mis manos de barro con mis artes mágicas de mis abuelos Hunajpú e Ixbalanqué. Mis abuelos sembraban la tierra. Yo leo los libros mayas y te quiero sembrar mi paloma… digo, sembrar un niño en la panza”.
Citan a Maupassant, a un tal Andrés Malróx (André Malraux) y a Borges.
Las rubias no son tontas y conocen el negocio: “Este cree que soy imbécil, ni es maya ni es artista, pero es buena réplica”.
Son tipos con un terrible complejo de inferioridad. Adoptan poses, intentan impresionar, juegan al intelectual y rematan con la famosa frase: “Yo conocí tu país en 1,900 tantos”. Y hasta hablan igual que ellas.
El engaño es mutuo. Después de todo, igual compramos puros habanos que no son de La Habana y madrileñas mexicanas.
(Eso es todo. Acerca de las mujeres que sueñan con ser transportadas al otro lado del mundo en manos de un alemán o de un ruso... De ellas que hable otro. Te cedo el micrófono, camarada).
SalVE Cristi Parens!!!