martes 24 de febrero de 2009

Elogio al fumador. (A propósito de la ley antitabaco)

Humo en tus ojos. La sexy tos del fumador sabe a ronrón. Haced el golpe, quemad la sábana, límpiate de alcohol la boca, y con esta guitarra toca, tu puro entero.
Úsala tú, mujeriego, esa tapita de agua gaseosa, como cenicero.
Grande es la boca que suelta la humarada, y sabias son las palabras que auguran muerte segura.

Toda mi madre es tabaco, es cáncer y es pulmón. Fuma tanto los mentolados como los no mentolados. El amarillo de sus dientes y el aroma de su boca bailan la danza de la nicotina y el alquitrán.
Fumar nos produce un fino sarro en los dientes, un enfisema pulmonar y un carcioma cutáneo en el cutete. Si eres, camarada, un ganador, serás un superhombre que hace rueditas y remolinos con el humo.
Fuma de cara al horizonte, fumadorazo, prende con elegancia los cerillos y suelta la llamarada del tren, que pasa pitando su pito con el humito.
Ciertas mujeres echan el humo por los oídos. Lucen preciosas con su bronquitis crónica cuya complicación deriva en un baboso reflujo esofágico. Babas y babas fluyen despellejadas. Osteoporosis, cardiopatías e hipertensión, cúmbala, cumbála cumba cumba hé. Boquilla, filtro y esqueleto. Encendedor, braza; tu enorme bocota se cierra chiquita como una carterita.
Los vehículos fuman dentro del planeta. El planeta tiene úlcera gástrica y cáncer en la piel, y además tiene la enfermedad de Buergerás, misma que a saber qué diablos es.
Fumar, dicen, produce ataques cardio pulmonares, obstrucciones en la traquea y falta de erección. Una cajetilla diaria son US$528 al año. Conclusión: Divertirse no es caro.

Este servidor, por circunstancias de la vida y del destino, tuvo que vivir durante dos años en un hotel de mala muerte. Era éste tan malo que uno podía fumar dentro del ascensor. Y el ascensorista, que siempre estaba borracho, le decía al respetable huésped: “¿Quiere fuego, Caballero? ¿Me regala un cigarrito?”.

Ellas, las que fuman, caminan moviendo la cintura. Fiúuu, echan el humo, fíúuu pasan fumando cuales actrices que chupan por la punta de la boquilla plateada y sueltan el humo sobre la cara de su amante. Fiiu, las cancerosas, fiuuu, las que echan flemas.
En los aviones ya no es permitido fumar. Antes, cuando uno iba de viaje le preguntaban en el mostrador de la difunta KLM: “¿Quiere área de fumadores, joven?”. Uno reía como un tonto feliz y respondía: “Sí, de fumadores, gracias”.

Ellos, los hombres, fuman con la trompa de lado. Bogart se ponía de lado y tiraba el humo del cigarro sobre la cara de su rival. En los restaurantes junto al caldo, en las cevicherías junto al camarón, está la boca abierta del fumadorazo, pídele tú, compañero, un jaloncito y un trago de caldo.

Oh bloguero que escuchas emocionado estos versos, sabed que fueron escritos para muchos como vosotros, y que todo fue en vano.

(Dedicado a las víctimas de la ley antitabaco que entra en vigor este mes… ¿o ya entró?).

martes 17 de febrero de 2009

Hoy, les cuento una chingadera

De mi pueblo, la capital de Guate, hacia Cobán se llega en unas 60 canciones de Black Sabat, Iron Maiden y Deep Purple. A pocos minutos de Cobán, a una distancia de un Cd de U2, se llega a San Juan Chamelco. De allí pa'lante uno se encuentra con una gruta cuya entrada es oscura, angosta y empinada. Tan angosta, empinada y oscura que uno entra agachado, con linterna y botas que alquilan por Q15 (US$2).

Se trata de un sendero rodeado de estalagmitas y estalactitas, donde un guía te conducirá por un espacio que parece no tener fin. El guía, por lo menos el que a mí me tocó, tenía un tatuaje a lo largo del antebrazo, era tímido y muy parco al hablar. Si uno le pregunta: “Guía, hasta dónde llegan las grutas?”, él no contesta.
O si uno le dice, “¿A qué hora iniciamos el paseo por las entrañas de la tierra, Guía” (a estas alturas es menester que cite yo, humildemente, su nombre con mayúsculas), un enigmático silencio lo dejará a uno boquiabierto, a uno y a sus hijos, acaso por siete generaciones.

El Guía, a estas alturas, ya me parece hostil y militarote. Tiene el aspecto de un bravo milico. Él no invita: da órdenes. Antes de entrar, se detiene frente a la boquita de la grutota y se dirige a la muchedumbre (sus doce apóstoles). “De primero, las mujeres”, ordena. Una alemana y una sueca le lanzan una mirada que casi se lo hartan. La alemana pregunta, cortésmente: “¿Por qué primero las mujeres?”. Silencio. Otro guía que viene atrás, responde: “Se les puede aparecer el Dios de la Guerra”.
La alemana y la sueca se miran, comko preguntándose: “¿Creen que somos idiotas?”. Un caballero (yo) da el primer paso y anula así la orden del Guía, quien resignado se mete al hoyito de la cuevota y todos lo seguimos.
La gruta se abre como una musa dormida, y ronca con su boca de río como un león vespertino... Como ven, intento con la poesía, je je, pero antes de seguir nuestra caminata, detengámonos a conocer la historia del Rey.

Cuentan que hace miles de años, unos seres extraños se metieron a esa gruta, pues iban huyendo de un cataclismo. “Eran de aspecto diferente y tenían una inteligencia superior. Dijeron que habría un gran desastre y al poco tiempo tembló. El cielo se oscureció por cien días y cayó el Chipi Chipi, que en otros pueblos le dicen El Diluvio...”. Eran dioses y su rey era Marcos. De manera que esa es la historia del Rey Marcos, quien, según dicen algunos vecinos de Cobán, no sólo no existe sino que jamás existió, ni existirá nunca, porque todo es un invento para babosearse a medio mundo turista.
Nadie sabe dónde chingados está ahora el Señor Don Marcos, pero podría encontrarse dentro, nos dicen, justo donde vamos a entrar. ¡Jesús!
Ingresamos abriendo la boca en cada vericueto, y abriendo el vericueto como cada boca.

Llevamos casco hediondo que nos prestaron, para protegernos de los techos llenos de picos.
Ya adentro, El Guía ilumina con su linterna varias rocas labradas por el agua. Según él, allí está, miren, La Virgen de la Piedad... Esa es, dice, La Piedad de Miguel Ángel... Allí está El Rey Maya... la Torre de Pisa... la Copa del Mundial... Sinceramente, no veo ni mierda. Ni le veo el chiste. Pobre de mí, mortal que a todo le ve forma de Corn Flakes. Es más, cualquiera creerá que tengo problemas sicológicos, pero las sinuosas rocas se me figuran órganos genitales.
Pero estamos en las entrañas de la tierra, recordemos. Ya llegamos al Santuario del Rey Marcos, en donde quizás en ese mismo momento están Juanjpú e Ixbalanqué, o acaso el Dios Pirir y otras deidades no menos importantes. Sumergidos en el INFRAMUNDO, nos detenemos en El Santuario, también llamado Sala de las Candelas, por ahí hay un río. Y por las fuentes hay unos chorritos que se hacen grandotes y se hacen chiquitos. Allí es donde se recibe “la bendición o la maldición de las entrañas”. ¡Jesús!
Para aprovechar aún más la energía, El Guía nos pide que apaguemos las linternas y que oremos, meditemos o que nos callemos la boca un rato. Un señor levanta las palmas de las manos y ora. Después, asegura que vio luces. Personalmente, lo que sentí fue la presencia de Nuestro Héroe Tecún Umán.

Una señora se atreve a preguntarle al Guía: “¿Es este el lodo mágico?”. De nuevo el ancestral silencio, pero sólo por unos segundos, pues Él responde: “Sí, écheselo en la cara”. También la alemana se lo toma en serio y se unta lodo en los cachetes, en las patas de gallo y en la frente.

Salimos de las entrañas de la tierra, de los intestinos mágicos, muchos salen, como ya dije,, camuflados de lodo. Yo regreso a San Juan Chamelco, de ahí a Cobán, y de ahí a mi casa, que queda a unas 70 rolas de los Beatles y los Rolling Stones.

Salud, blogamigues.

martes 10 de febrero de 2009

De teatro, telèfonos y meados en el estadio


Sucede con frecuencia en los teatros, la ópera y los conciertos:

La gente habla por teléfono durante la función; por allá, unas viejas cuchichean; una pareja se harta frituras. Un par de estúpidos hablan y hablan y hablan todo el tiempo.
Una señora se arregló el pelo para ir al teatro a hablar por teléfono. Es una de esas que dicen, durante el intermedio: “Esto està bellísimo”, “Què maravilla…”
En mi pueblo, todavía se tiene la aldeana idea de que asistir al teatro es asunto de gente culta.
A eso hay que sumar el flash que tiran los periodistas. A éstos no les interesa la orquesta ni la soprano, sino sacar una buena foto; por lo menos una de 200 disparos en media hora. Y el palco de prensa es peor. Allí, muchos periodistas hablan, murmuran, se levantan, se aplastan, tienen hormigas en el fondillo, hasta roncan. Algunos me odiarán por escribir esto, pero no me importa.
En el estadio de futbol de mi pueblo sucede algo parecido. Hubo un tiempo en el que la gente se lanzaba botellas de cerveza, cocos vacíos y hasta quemaba cohetes entre la muchedumbre. El gobierno prohibió el ingreso de cocos, cohetes y botellas; entonces, nuestros hinchas empezaron a tirar monedas grandes como si fueran piedras. Directo a la cabeza de los distraìdos. Cuando yo era niño, vi a un tipo que lanzó una bolsa con sus meados, gradas abajo, contra el público. Yo no podía creerlo. Aquel imbècil era mi vecino; iba con nosotros y nunca le habìa visto carcajear por algo tan brutal. ¿Cómo era posible que se agrediera así al prójimo? me preguntaba. ¿Cómo era posible que una persona pudiera perturbar así a otra?
Muchos años después, supe la razón: mi pueblo es la Ciudad Capital de la República de Guatemala, donde todo es posible, incluso, lastimar a los desconocidos por el mero placer de hacerlo. Habrá quien piense que soy antipatriota y eso tampoco me importa. Sé que en otros graderíos del mundo también corre sangre y odio. Pero cuando truena el graderío de tu patria, es entonces cuando duele.

Yo ya vi trompadas en un teatro para niños; he visto a gente cabrona que se comporta de lo màs abusiva en la òpera; a viejos impertinentes; a muchachos pijos que dejan sonar sus ringtones cuando el actor da lo mejor en el escenario… Todo eso, como dijera el poeta, terminará sacándome de quicio.

¡Salve! amigues.

martes 3 de febrero de 2009

Fieras del libro

Las ferias del libro de mi pueblo son la oportunidad para que algunos libreros lleguen a vender su basura apolillada.


Ofrecen siempre los mismos títulos. Contenidos buenos, ediciones descascaradas de Salvat (“El buscón”, “La hoja roja”); enciclopedias de 1980, libros de texto de Primaria del Colegio Casa Central, 1974; la novela Don Segundo Sombra; el Presupuesto Nacional de Chile para el año 1997; Programas Técnicos de Ingeniería Industrial; Datos Estadísticos Regionales de Suelos en Perú; María, de Jorge Isaac; Cómo arreglar teodolitos; Manual de mecánica avanzada (50 páginas). “El poder de la Palabra”; “Dios, Espíritu Santo”; “El Libro de Mormón”, “Mi experiencia con Sai Baba”.


En anaqueles que se asolean o reciben la brisa desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde, abren la boca como lagartos unos textos de Álgebra de Baldor, revistas para hacer croché, un manual para decorar la sala y algunos números amarilleados de la revista Olé.


Estamos en el parque. La gente se detiene, pregunta por un diccionario, hojea un catálogo de Primeros Auxilios de 1964; se va sin comprar nada. Los libros que no se vendieron este año aparecerán de nuevo el próximo, más apolillados y más caros. A eso se suma que, sin hay libros buenos, los propietarios de librerías de viejo han sacado colmillo y ya saben quiénes son Proust o Joyce, de manera que difícilmente saca uno un buen descuento.


Como invitados especiales a la fuerza, siempre se hallan, metidos dentro de una bolsa plástica, Erich Fromm (El arte de amar), El Capital, La Orestíada, Los siete contra Tebas, Antígona y Edipo Rey; El lobo estepario y unas versiones flacas y descoloridas como perros de circo de La Iliada y La Odisea.
Anagrama es una de esas casas editoras que más me disgustan. Sus traducciones de Faulkner, Truman Capote, Miller y otros son pellejos lingüísticos. Puras tripas. Por ejemplo, “Fuck!”, “Mother fucker!”, “Asshole!”, “You, bastard!” o “I don’t want!”, ellos lo traducen: “¡Hostia, caradura!”, “¡Coño...!”, “No me apetece... tío¡”. Anagrama me recuerda las películas de Rambo traducidas al español por españoles. Cuando ese mamón pintado de soldado yankee está ametrallando a los vietnamitas en medio de la selva, grita: “¡Os mataré a todosssz!”. Los vietnamitas, a su vez, van tras él gritando: “¡Atrapadle, atrapadle!...”

Pensaba en tanta basura cuando recibí, en pleno rostro, un baño de agua helada que aplastó mi ego: mis propios libros se asoleaban tras una cartulina que anunciaba un gran descuento; intactos. Compré los seis ejemplares, en el 2006, y ni siquiera yo les he hecho el honor de desflorarlos de la bolsa plástica. Esto ya se está poniendo depre, blogamigos, así que hasta la próxima.